Encuentros sorprendentes

Encuentros Sorprendentes

Aquella gran puerta de hierro se estaba abriendo.

Adolfo  y yo nos dirigíamos, a toda prisa, al Módulo 14 y, de repente, nos chocamos con un grupo de jóvenes, ¡muy jóvenes!, que parecían querer traspasar esa puerta con ansiedad, ansiedad contenida, delante de ellos iba un funcionario. Nos frenamos justo en el entreabierto de la mole de hierro que se abre y se cierra automáticamente, cuyo mando ninguno de nosotros sabemos dónde está.

-¡Cuántos jóvenes! (exclamé con una gran sonrisa), uno de vosotros es el que buscamos, ¡seguro!

-¿Quién, quién? ( parecía que todos querían ser el “buscado” )

Uno levantó el brazo…

-Sí, tú eres

La verdad es que yo temía no reconocerle, soy muy mala fisonomista, y sólo le había visto una vez, unos breves minutos el sábado anterior que fui a aquel Módulo para dar un recado, pero aquellos ojos muertos de miedo en una cara casi de niño no se me habían olvidado; el estremecimiento que sentí me hizo recordar a aquel colibrí que, prisionero en mi mano, tuve que soltar al instante porque parecía que todo él iba a estallar entre mis dedos. Fue hace muchos años en Colombia, en aquel lugar, lejísimos de “nuestra civilización”, en mi despacho, medio al aire libre, de directora de un Colegio Cooperativo; Lo pillé en un roto cajón de la mesa, y ni el colibrí ni yo resistimos la presión. ¡Cómo deseé poder soltar a José Luis igual que  a aquel pajarillo asustado!

Disculpadme, me fui muy lejos en el tiempo y en el espacio. Vuelvo a la cárcel. Mientras venía el interno al que hicimos llamar para darle el recado, se acercaron unos cuantos jóvenes curiosos, entre ellos uno se acercaba a mí como buscando una tabla de salvación. Le miré a los ojos.

-Tienes miedo…, estás asustado.

-Sí, (contestó a media voz como queriendo que sólo yo le oyese)

-¿Cuánto tiempo llevas aquí?

-Tres días

-¿Cómo te llamas?

-José Luis

Al lado había otro que nos observaba y yo me atreví a pedirle ayuda sin saber qué resultaría

-¿Y tú?

-Yo mucho más…, ya me conozco esto bien.

-Le vas a ayudar, vas a ser su amigo, ¿verdad? 

-Sí, sí…

Y tuve que dejarlos. No sabía más de José Luis ni del Módulo 14.

Y ahora estaba otra vez a la puerta del Módulo 14, frente al muchacho de los ojos asustados.

-¡Vamos, vamos, que es la hora del deporte!  –exclamó el funcionario.

-Un momento, un momentito, por favor, señor funcionario…

-Que se quede entonces en el Módulo.

-No, no, no le deje sin deporte, ya, ya sale.

– ¿Cuál es tu apellido, José Luis?

Nos lo dijo rápidamente y salió.

-Gracias, señor funcionario.

-Y ahora, ¿qué hacemos? –le pregunté a Adolfo

-Vamos a buscar a Pimcpan

-¿Pimcpan?, eso me recuerda un juego o una canción de niña…

-Sí, no sé cómo se llama, pero todos le conocen por Pimcpan, vamos.

Entramos, buscamos al Pimcpan. La funcionaria no sabía quién era ese personaje, quería saber el nombre para hacerle llamar por los altavoces. Otro interno nos sacó de dudas

-Se llama Pablo, pero aquí es Pimcpan. Está en el gimnasio.

-Gracias. Vamos al gimnasio.

Pidiendo permiso por todo lado, y abriéndose y cerrándose puertas de grandes barrotes de hierro por delante y por detrás de nosotros, llegamos al gimnasio. Me impresionó. Es grande y está bastante bien dotado. Había muchos jóvenes moviéndose y gritando, como desfogándose. Otro recuerdo que me aprieta el pecho hasta casi sentir ahogo cada vez que me viene a la mente: ¡Las cárceles de Bolivia! Infrahumanas, inmundas, sin espacio; un hacinamiento que tienes que ir abriéndote paso como puedas para ir de un lado a otro.

Bueno, Allá en lo alto de unas escaleras estaban dos internos, uno de ellos era un “cachas”, alto, con mucha musculatura, y puesto así: como para un “desafío”, a su lado había otro, normal.

-tú eres Pimcpan –dije dirigiéndome al “cachas”.

-No, no, es éste

¡Ay, madre mía!, yo no sabía a cuál de los dos podía haber ofendido. Parece que a ninguno, ¡gracias a Dios!

Mientras le buscábamos Adolfo me fue contando que el Pimcpan es un interno que lleva bastante tiempo preso en ese módulo, y no se sabe si por miedo o por respeto, o por las dos cosas, en el módulo lo que dice y hace Pimcpan se convierte en ley. Y Adolfo sabe que cuando a uno de los internos se le pone bajo el cuidado y protección de este Pimcpan, se puede estar tranquilo que nadie le toca.

Para entender lo que sigue retrocedo al sábado que conocí a José Luis.  Yo salí triste y muy preocupada por este muchacho que le vi tan joven y tan asustado. De regreso de la cárcel a Granada se lo comentaba a los otros voluntarios; y Adolfo, uno de ellos, también se preocupó mucho pues visita la cárcel desde hace tiempo y sabe que el Módulo 14 es muy peligroso. Allí sólo están los jóvenes de 18 a 21 años, y son muy conflictivos e incontrolables, por lo visto. Sobre todo cuando llega alguno nuevo, les hacen perrerías, además de chantajes, abusos y cosas que les puede causar daños irreparables para toda la vida. Por eso el papel del Pimcpan es importante. No sabemos cómo es él ni qué le mueve a proteger al que puede y quiere, pero lo hace. Y Adolfo, al verme el sábado siguiente, lo primero que quiso hacer era ayudar a José Luis, y conmigo poner los medios que estuvieran a nuestro alcance.

Ya teníamos a “nuestro hombre”. Curioso, él ya lo había “adoptado”. Nosotros necesitábamos los apellidos de José Luis para hablar con el educador del Módulo y con Pimcpan y que lo ayuden o pidan que lo saquen de ahí. Pero este “Ángel de la guarda”, como yo le “bauticé”, ya le había buscado otro compañero para su celda, “chabolo”, lo llaman ellos, y le tenía bajo su cuidado. Le hizo llamar, pues estaba por allí cerca, y hablamos con José Luis más tranquilos. Le preguntamos si quería que pidiésemos el cambio y dijo que no, que ya tenía un compañero y a Pimcpan y se sentía mejor.

Nunca pregunto a nadie por qué está en la cárcel, pero a José Luis, y me pasa con más jóvenes que les veo con ojos limpios, no le pregunté por qué, pero sí:

-¿Cómo es que estás tú aquí?

-Me desmandé y atropellé a un guardia civil

-¿Y tienes que estar mucho tiempo?-

-Seis meses

-No es mucho, pronto estás fuera, ya verás.

 Charlamos, les dimos nuestro abrazo más sincero y nos despedimos hasta otro día.

Salimos del Módulo 14 más tranquilos. Adolfo me decía que yo debería de ir más por ese módulo.

-¿Y qué puedo hacer yo, qué puedo darles?

-Pues tu sonrisa, tu cariño, tu modo de tratarlos…

– Dios mío…, si no tengo más tiempo que los sábados, y me han asignado el Módulo 11, y sólo podemos estar en el que nos asignan, son las órdenes que tenemos y se nos exige cumplirlas.

EL MÓDULO 11…

No sé si seguir o ya os tengo aburridos. Pero que yo también, como que necesito “desfogarme…

¿Me permitís?

Yo venía de Bolivia, después de pasar allá más de 30 años. Casi todos en Bolivia, pero también dos en Colombia y tres en Perú. Durante estos años, alguno pasé en España por motivo de intervenciones quirúrgicas, muerte de mis padres y algún permiso.

Mis dos últimos años los pasé visitando diariamente la cárcel de Bolivia. Más arriba ya os he dicho algo, y es otro capítulo, estremecedor, pero cuánto sufrí y cuánto quise, quiero y recuerdo aquellos hermanos allí metidos, “privados de libertad”, decíamos. Con todos, y muy especialmente con los jóvenes españoles que allí cayeron por causa de la droga.

Cuando entré por primera vez en una cárcel de España, esta, la de Albolote, habiendo dejado casi ayer las cárceles de Bolivia, me pareció que entraba en un “barrio residencial”, rodeado de un muro enorme, ciertamente. Pero el aspecto era tan distinto por fuera y por dentro… Amplitud, limpieza, orden; calles que separan unos módulos de otros, patios y algún jardín y árboles en ellos. Todo grande. Y muchos medios de bienestar, relativos, claro. Talleres, clases, educadores etc. Etc. Muchas rejas, Puertas muy seguras. ¡Una cárcel! SIN LIBERTAD, igualmente, pero más humana.

Belén Jiménez Pérez

Misionera del Santísimo Sacramento y María Inmaculada

Comunidad de Granada